martes, 9 de junio de 2020

Meditar en tiempo de pandemia


*Meditar en tiempos difíciles por Paul R. Fleischman*
17 de abril de 2020
Me han pedido que les hable sobre la meditación en tiempos difíciles. ¿Acaso habrá algún consejo real, práctico, que pueda ayudar a los meditadores que tienen dificultades con su práctica, o a meditadores que se encuentran bien, o incluso a aquellos que han progresado en las condiciones actuales de confinamiento extendido, que para algunos trae aparejados temores, enfermedad o muerte?
En la primavera de 2017, impartí en Colonia, Alemania, una charla con este mismo título: “Meditar en tiempos difíciles”; el podcast y la transcripción de esa charla están disponibles en https://pariyatti.org. Lo que diré hoy se basa, en parte, en esa charla, aunque también será muy diferente, debido a que las circunstancias son distintas.
Quiero dejar claro de qué hablo y con quién hablo. Hablo de la meditación Vipassana, en la tradición de S.N. Goenka, y dirijo mis comentarios a estudiantes antiguos de esta tradición.
Durante la charla, cuando menciono la palabra “meditación”, me refiero a la consciencia de las sensaciones corporales en todas las partes posibles del cuerpo, o bien, en todo el cuerpo, y a mantener esta consciencia el mayor tiempo posible. En vez de “ser conscientes de las sensaciones corporales”, podría utilizar otros términos como “observar las sensaciones corporales” o “experimentar las sensaciones corporales”. Pero como la palabra “observar” puede prestarse a confusiones y tal vez algunos estudiantes nuevos imaginen que se trata de una observación visual, quisiera recordar que la parte medular de la práctica es la consciencia directa de experimentar las sensaciones en nuestro cuerpo, como si alguien arrojara un vaso de agua sobre nuestra cabeza y el agua resbalara lentamente por todo el cuerpo. Esta imagen nos recuerda que la consciencia que queremos cultivar es sencilla, natural, ordinaria e inescapable, como agua que resbala desde la cima de la cabeza. Además de la consciencia de las sensaciones, también es inevitable que observemos su característica básica: el cambio.
En ocasiones observaremos cambios grandes y lentos, como cuando nuestro pie se duerme, o cuando sentimos mucha hambre durante la hora que permanecemos sentados. En otras ocasiones es posible observar la naturaleza más profunda de las sensaciones corporales, es decir, el surgir y desaparecer en rápida sucesión.
Nuestro cuerpo está formado por un enorme número de átomos, que a su vez forman moléculas, cuya actividad coordinada nos da la vida. La vida es un continuo fluir, y nuestro cuerpo está en constante transformación. Y es esta continua y dinámica transformación de la materia lo que conforma nuestro cuerpo y constituye la base de las sensaciones y los cambios que sentimos.
Pero nuestro objetivo principal no es sólo observar las sensaciones y cómo se transforman, sino observarlas con la actitud que representa la piedra angular de Vipassana: la ecuanimidad. Observar las sensaciones y sus cambios con ecuanimidad es la definición de Vipassana, tal y como la practicamos. La ecuanimidad es el método y el objetivo. Al practicar la ecuanimidad con plena consciencia mientras meditamos, estamos ejercitando el sistema nervioso para que adquiera mayor autoconsciencia y se habitúe a la ecuanimidad constante.
Para un biomédico moderno, la práctica de Vipassana se basa en nuestra capacidad de adaptación animal que nos permite sentir paz, relajación y bienestar. Todos nacemos con un conjunto traslapado de mecanismos fisiológicos que, a través de la evolución, se ha estructurado para optimizar nuestra sensación de bienestar. Por ejemplo, el sistema nervioso parasimpático se pone en marcha para ayudar a relajarnos. El hipotálamo en el cerebro nos permite dormir al disminuir al máximo la ansiedad, pero nos mantiene vivos y respirando. Muchos de los transmisores neuroquímicos, como la serotonina, la oxitocina o los endocannabinoides nos permiten llenarnos de amor y paz desde nuestro interior. Podríamos decir que la autoconsciencia a nivel de las sensaciones y la ecuanimidad de la mente podrían llamarse paz interior. De esto se trata Vipassana y es el gran atractivo de la meditación: el deseo de vivir una vida más pacífica, calmada y armoniosa.
Una vez que la mente puede experimentar las sensaciones con ecuanimidad y logramos la paz interior a través de la meditación, incluso si es sólo por algunos segundos, esta paz momentánea descondiciona las reacciones exageradas que aprendimos en el pasado. La meditación cambia desde la calma y transforma los aprendizajes anteriores. De esta manera, al establecer la paz en el momento presente de manera repetida y sistemática, la meditación deshace, al menos, parte del pasado de ignorancia. Vipassana no genera una paz interior de represión y negación sino una paz interior a partir de reaprender y reintegrar la ecuanimidad desde el fondo de nuestro ser.
Goenkaji también nos ha hecho conscientes de que, únicamente si creamos un estilo de vida en el que todas nuestras elecciones sean compatibles con la ecuanimidad, la práctica formal de Vipassana puede convertirse en la base de nuestra vida despierta, momento a momento. Los cinco preceptos que aceptamos —no matar, no robar ni mentir, no tener una conducta sexual inadecuada y no consumir intoxicantes— son los mecanismos esenciales por medio de los cuales nuestra práctica de meditación nos sirve en el torbellino de la vida diaria.
Esta descripción esquemática de lo que se ha aprendido con ardua tenacidad durante al menos un curso de Vipassana de diez días, tal como lo enseñó Goenkaji, no responde a todas las preguntas que un meditador serio se hará en una situación como la que vivimos hoy, durante la pandemia del coronavirus, con sus repercusiones políticas, sociales y económicas.
Al igual que nuestro sistema nervioso cuenta con mecanismos integrados para lograr la paz interior, los cuales aprendemos a activar a través de la meditación, también es cierto que nuestro sistema nervioso ha evolucionado para analizar el entorno, absorber nueva información, evaluar el peligro y sentir un temor adaptativo que nos lleva a huir cuando vemos amenazada nuestra sobrevivencia. En momentos de peligro, de inmediato nos convertimos en supervivientes, en animales que nos protegemos huyendo, luchando, ocultándonos, alejados del alcance de la paz interior. Actualmente, muchas personas sienten que se enfrentan a un momento especialmente desorganizado y amenazante y, al sentirse abrumados por el temor, tal vez les resulta muy difícil meditar.
Por consiguiente, lo primero que quiero abordar es la idea y la sensación de excepción histórica. El excepcionalismo histórico se refiere a la noción de que vivimos tiempos de excepción, únicos, una sucesión de días, semanas o meses que no encajan con la rutina ni con el flujo habitual de la sociedad y la historia. Sin duda, es un sentimiento difícil de ahuyentar. Ahora es nuestro momento. Muchos de nosotros nunca habíamos experimentado momentos comparables con éste. Envolverse intensamente de sentimientos de presente es, en última instancia, una de las características distintivas de la mente de un meditador. Es natural que, en tanto personas que cultivamos la consciencia del momento, sintamos que cada momento es único.
No obstante, quiero disipar totalmente esta percepción errónea de excepcionalismo histórico. No importa lo apremiante o fuerte que sea este sentimiento, se trata de una percepción equivocada creada por nuestro sobrevalorado yo. De hecho, el excepcionalismo histórico es una forma de egoísmo que podemos superar con Vipassana. Antes de pasar a lo que fue la vida del Buddha, analicemos la tendencia de exagerar la importancia de todo lo que nos sucede. Tenemos la propensión a considerarnos el centro del universo y a pensar que, cualquier cosa que nos ocurre, es lo más grande y grave que haya ocurrido. Hace apenas unos cuantos siglos, la gran mayoría de la humanidad creía que la tierra era el centro del universo y que el sol giraba a su alrededor. Siempre sentimos que somos el centro de la acción.
Quisiera aclarar dos cosas. Ciertamente, el coronavirus puede ser muy peligroso para un gran número de personas y fatal para algunas; no es algo que debamos tomar a la ligera. Pero también quiero subrayar que su impacto en la humanidad no es, de ninguna manera, único. Única es la respuesta relativamente constructiva, proactiva y uniforme frente al virus que han aplicado muchos países y sociedades. Pero no es único el que enfrentemos la muerte de cientos de miles de personas en un lapso muy corto de tiempo. La terrible verdad es que la muerte de grandes grupos es algo común, no único, y que las pandemias ocurren todos los años.
El coronavirus parece extenderse con mayor facilidad y sigilo —esto es, con muchos transmisores asintomáticos— y posiblemente resulte más letal que la gripe. No penséis que descalifico la importancia de las medidas de seguridad para evitar el Covid-19; de hecho, yo las sigo al máximo. Pero también es cierto que cada año enfrentamos una pandemia de gripe, y que cientos de miles de personas mueren de esta pandemia viral. Este año resulta históricamente único por las iniciativas de salud social más que por el virus. En un año típico, la gripe mata entre 300,000 y 600,000 personas en el mundo. Un cálculo aproximado me llevó a la sorprendente conclusión de que, desde que nací —mucho después de la epidemia de gripe española de 1918— cerca de 25 millones de personas han muerto de gripe.
La pandemia más conocida en tiempos relativamente modernos es la gripe de 1918 llamada “gripe española”, que infectó a aproximadamente 500 millones de personas, esto es, al 25 por ciento de la población total del mundo. Las estimaciones de muertes totales provocadas por esta pandemia varían entre 17 y 100 millones de personas. Y me resultó aún más sorprendente descubrir que la viruela, antes de que fuera erradicada en la segunda mitad del siglo XX, era un virus crónico letal que, tan sólo en la primera mitad del siglo, acabó con la vida de unos 300 millones de personas. La ambientalista y autora de varios libros, Elizabeth Kolbert, estima que la viruela ha causado la muerte a un total de mil millones de seres humanos. Sin querer minimizar la magnitud de la amenaza actual que representa el Covid-19, debemos verla en perspectiva, y comprender que muchos se han ido antes que nosotros y que lo que ahora estamos viviendo no es nuevo.
Tan pronto como un cuerpo muere, comienza su descomposición. Gran número de virus, bacterias, hongos y otros microorganismos nos atacan continuamente, y sólo gracias a nuestro sistema inmune podemos sobrevivir. Cualquier tipo de vida, no sólo la vida humana, es una constante lucha dialéctica para sobrevivir al ataque de microorganismos que intentan utilizar nuestro cuerpo como fuente de energía, como material y sitio de replicación. Jamás habrá un momento en la historia de la humanidad en que la enfermedad no tenga algún impacto formativo en la evolución de la cultura, la economía y la sociedad.
Con esta perspectiva múltiple del peligro real, sus proporciones históricas y, poniendo su magnitud en contexto, ya podemos liberarnos de los medios que, cuanto más exageran con las noticias, más ganan. Necesitamos información, pero no exageración. Mantengamos una imagen clara de lo que ocurre a nuestro alrededor, pero rompamos su estrecho marco. Desde una perspectiva amplia, no sentiremos que nuestra situación es única y no nos ahogaremos en ella.
Es difícil romper con las convenciones sociales de mirar hacia el otro lado y pretender que no vemos. Siempre estamos en peligro, aunque usualmente encontramos maneras de ahuyentar este conocimiento atemorizante. Hoy, que hablamos de la meditación Vipassana, de las enseñanzas del Buddha y de la realidad de dukkha, la enfermedad y la muerte siempre están con nosotros. Según la leyenda, el Buddha dejó su hogar para buscar la sabiduría cuando comprendió la profunda realidad de la enfermedad, la vejez y la muerte, los mismos factores que se conjugan hoy para hacer de la actual pandemia algo tan poderoso. Estamos practicando una vida basada en la confrontación esencial con dukkha, pero también una vida que nos permitirá trascender dukkha de manera realista, lo cual es posible para personas comunes y corrientes, diligentes y comprometidas. Así como el primer paso de las Cuatro Nobles Verdades es la conciencia de dukkha, hoy, como cada día, necesitamos construir una práctica de meditación que resulte lo bastante útil, lo bastante poderosa para catapultarnos sobre el temor a dukkha y trasladarnos al campo del Dhamma; una práctica que nos permita trascender dukkha.
Vivir imaginando que estamos en tiempos terribles y únicos no sólo no es verdad, también nos lleva espiritualmente en la dirección opuesta al Dhamma. ¿Por qué hoy es diferente de cualquier otro día? No lo es. Desde el punto de vista del Buddha, todos los días tienen esencialmente las mismas características: el sufrimiento y el camino para salir del sufrimiento.
En unos momentos, diré algo más para ayudar a normalizar nuestra experiencia durante este confinamiento, pero antes quisiera abordar el secreto medular de las enseñanzas del Buddha, la palabra “diligencia”. Me gustaría describir ésta, que es la virtud más elevada, dándole un nombre que me resulta cierto cuando pienso en mi práctica personal de Vipassana durante este confinamiento. Nuestra práctica diaria de dos meditaciones, diligentemente programadas, son nuestro esqueleto, nuestros huesos. Es lo que nos mantiene erguidos, aunque el resto de nuestro cuerpo carezca de fuerza. Lo primero en que debemos pensar como meditadores en tiempos difíciles es en la importancia de tener una columna vertebral sana. Y es esta meditación diaria de dos horas, la que nos permitirá mantenernos enfocados en el lado más sutil de la realidad. El lado obvio es dukkha y el lado sutil es el camino para salir de dukkha; sin la meditación, nuestra vida espiritual se convierte en sólo ideas y emociones. Pero practicar Vipassana es lo que hemos elegido como nuestra columna vertebral, nuestra fuerza, lo que da a nuestros días ociosos estructura e importancia.
Si meditamos con seriedad y constancia, nuestra vida deja de parecernos melodramáticamente abrumadora y se vuelve útil, en un sentido único. Esto es lo que hemos practicado, es el reto que nos puede fortalecer. Es similar a lo que ocurre cuando un equipo deportivo de béisbol, basquetbol o futbol tiene que jugar con el mejor equipo contrario durante la temporada de la liga; necesita dar su máximo en el juego, y es la excelencia del otro equipo lo que le hace dar todo. En este momento, tenemos la oportunidad, la necesidad, de jugar nuestro mejor juego.
Pero, ¿cuál es el vínculo real entre sentarnos en calma, con los ojos cerrados, percibiendo las sensaciones con ecuanimidad, y estar atrapados, principalmente en casa, escuchando noticia tras noticia sobre cuántas personas sufrieron una muerte terrible, en soledad? La ecuanimidad que cultivamos es otra forma de referirnos al desapego. Por “desapego”, no me refiero a un “¡está bien!” frío y estoico, estilo personaje de John Wayne, Al Pacino o Robert de Niro. Por desapego me refiero a la capacidad de ver nuestra situación actual desde todos sus ángulos y perspectivas, de manera que no nos apeguemos ni nos quedemos estancados, con la mente clavada en una visión unidimensional. Desapego no significa que no nos importe el bienestar de los otros o incluso el propio. Pero necesitamos desapegarnos de percepciones, creencias y actitudes inflexibles que tienen un enfoque estrecho. Desapego en el sentido de ir más allá de todas las opiniones y anclarnos en la realidad, tal como es. Y la realidad siempre está cambiando.
Cuando meditamos en tiempos difíciles tenemos la tendencia natural de buscar respuestas, de saber cuándo terminará la pandemia, cuándo podremos salir, si habrá una vacuna o medicinas antivirales. Son especulaciones sanas que nos permiten mantenernos alerta ante nuevos acontecimientos y conscientes de la respuesta cauta y necesaria que daremos. Pero esto no es meditar. Al meditar, experimentando cambio tras cambio, experimentando el hecho de que las ideas muchas veces son distorsiones y que incluso las mejores ideas pasan de moda, nos percatamos de que la única cosa que podemos afirmar que sabemos es que no sabemos. Meditar en tiempos difíciles es la práctica de evitar conclusiones, de mantener una perspectiva amplia, esperando el cambio, preparados siempre para algo nuevo. El cómo experimentamos las sensaciones de nuestro cuerpo nos ofrece un patrón para pensar el mundo de una forma más realista.
La relativa ecuanimidad que proviene de nuestra práctica de meditación, y el desapego, que es otra manera de describir la ecuanimidad, puede ayudarnos a sentir simultáneamente la situación actual como peligrosa, que exige la máxima atención a las conductas en favor de la salud, y como una oportunidad que nos ayuda a ganarle el juego al coronavirus; como un campo de dificultades desconocidas, que nos ofrece nuevos retos y oportunidades, y como un campo para avanzar, donde la vida nos revelará cosas mejores y nos abrirá nuevas puertas.
Dado que es útil y adecuado ser conscientes de los peligros que enfrentamos,
por los cuales estamos viviendo confinamiento y molestias, hagamos una pausa para desapegarnos de nuestra perspectiva y ver algunas de las ventajas que se nos presentan. ¡Más tiempo para meditar!, para muchos, menos presión de tiempo; para otros, una mayor oportunidad para la comunicación y la amistad vía telefónica o a través de los múltiples portales de internet, que son fantásticos para transmitir no sólo las caras sino nuestros sentimientos reales. El aire está menos contaminado y los cielos sobre las ciudades de la India son azules por primera vez en muchos años. Hay muchos menos coches en circulación y, ciertamente, menos muertes por accidentes de tráfico. Y, ante la disminución de muertes por contaminación, accidentes automovilísticos, crimen y posiblemente otras causas, resulta por lo menos interesante considerar la posibilidad de que el número general de muertes durante la pandemia incluso podría reducirse porque, al atribuir las muertes al virus, se reducen drásticamente las otras causas. Resulta irónico pensar que tal vez las muertes por virus en todo el mundo no se incrementarán este año debido a los grandes avances en salud y en el combate a los virus. Este año se han registrado menos muertes por gripe de lo habitual, de manera que, cuando nos desapegamos de los temores al Covid-19, encontramos que en el mundo se reducen las muertes provocadas por enfermedades infecciosas. Todo el mundo siente profundo respeto y gratitud por el heroísmo del personal de salud y otros trabajadores de servicios críticos, como doctores, enfermeras, cuidadoras de casas-hogar, policía y repartidores. Constantemente estamos en contacto con personas ejemplares, cuyo nombre desconocemos, que personifican los valores universales más excelsos.
Se ha demostrado una y otra vez que los traumas colectivos ocasionados por eventos naturales, como huracanes o incendios, son menos traumatizantes desde el punto de vista psicológico que aquellos provocados directamente por personas, como los soldados de un ejército invasor. Esta pandemia nos da la oportunidad de sentirnos unidos frente a un enemigo común y de saber que el enemigo no somos nosotros.
Una ganancia inesperada de esta crisis de salud mundial es la inescapable realidad de que todos, como dijera el poeta Archibald Mac Leish tras el lanzamiento del Apollo 8 en la navidad de 1968, “…somos viajeros en esta Tierra”. Ahora será cada vez menos posible que fuerzas divisorias ignoren que somos una humanidad con una gran cercanía. Es un efecto similar al momento en el que Carl Sagan y sus colegas determinaron, a través de un análisis químico, físico y atmosférico, que una guerra nuclear a gran escala entre las principales potencias provocaría un invierno nuclear del que no sobreviviría ningún ser humano, por lo que nadie saldría victorioso. Gracias al Covid-19, ahora comprendemos que tan sólo nos separan una tos y un apretón de manos. Como diría el letrista de Grateful Dead, Robert Hunter, en un momento de iluminación:
“Extraños que detienen a extraños tan sólo para estrechar su mano,
Todos tocan en el corazón de la banda dorada, el corazón de la banda dorada”.

Hoy tenemos que sentir esa misma camaradería, pero sin el apretón de manos. También ha proliferado el humor, como la imagen de la diosa asiática con ocho brazos que se percata de que tiene que lavarlas todas al mismo tiempo, o el post de facebook de un hombre que se lava tanto las manos y con tal energía, que la piel se le comienza a desprender y en la palma de la mano aparecen las notas de álgebra que había escrito para hacer trampa en un examen cuando tenía 13 años.
No piensen que tomo a la ligera estos tiempos difíciles. Ciertamente, son tiempos difíciles. Sin duda lo son para alguien que está sólo en un espacio pequeño, o si su viabilidad económica se ve amenazada por la pérdida del empleo, o si ha perdido a una persona querida, o para un viejo con problemas de salud, parte del grupo vulnerable; o si injustamente se le niega a tu comunidad el acceso al servicio médico, o incluso si se desbarataron planes que habías esperado con gran emoción, como la graduación de la universidad. Pero, definitivamente, subrayo que el Sendero del Dhamma no puede alcanzarse con la autocompasión que equivocadamente atribuye a las circunstancias actuales la idea de que son tiempos duros. Son tiempos difíciles, pero no especialmente duros. Lo sorprendente de nuestra circunstancia actual es que pasamos de tiempos relativamente fáciles a tiempos relativamente más difíciles y tenemos temor de caer en tiempos duros, pero estamos muy lejos de los peores tiempos.
¿Cómo son los tiempos peores? ¿Cómo son los tiempos duros?
La razón para analizar el concepto de “tiempos duros” de manera improvisada es disipar el sentimiento de que esta pandemia viral nos crea dificultades excepcionales. En vez de ello, quiero reafirmar la indiscutible realidad de que, la mayoría de las personas, la mayor parte del tiempo, ha enfrentado tiempos duros y peligros iguales o incluso peores. Esto nos recordará que la capacidad de adaptación, la resiliencia y el espíritu para sobrellevar las dificultades, son compañeros necesarios en la vida y se enriquecen con una vida en el Dhamma.
Imagínense que fueran integrantes de algún pueblo originario del hemisferio occidental allá entre 1500 y 1900. Durante esos 400 años, se llevó a cabo un genocidio colectivo contra los pueblos originarios de América. En ocasiones, el genocidio fue violento, por ejemplo, las conquistas españolas de Perú y México, donde millones de personas murieron asesinadas, colgadas cabeza abajo de los árboles, quemadas vivas y exterminadas. En Estados Unidos, este tipo de violencia contra el pueblo continuó hasta finales del siglo XIX, como la masacre de Wounded Knee. Sin embargo, el principal exterminio genocida de los pueblos originarios ocurrió al expandirse enfermedades europeas para las cuales no tenían defensas. El descubrimiento de América ha sido calificado como “el mayor desastre demográfico en la historia del mundo”. Muchas personas fueron asesinadas, pero la gran mayoría murió por enfermedades y, en muchos casos, se extinguieron grupos lingüísticos y culturales enteros.
Cuando pienso en tiempos duros, personalmente pienso en el mundo tal como era diez años antes de que yo naciera. Nací en 1945, y en la segunda guerra mundial habían muerto entre 50 y 80 millones de personas; en realidad, se desconoce el número exacto porque quienes podían contar los asesinatos también fueron asesinados. Aproximadamente 7 millones de judíos fueron acorralados como ganado y torturados hasta la muerte en fábricas construidas para matar. En la Unión Soviética, murieron aproximadamente 25 millones de personas, en parte debido a la guerra y también a causa de inanición lenta e intencional. Durante la gran guerra en que Japón invadió Asia, grandes masas murieron de hambre, y decenas de miles de mujeres fueron violadas innumerables veces.
Yo nací el 4 de agosto de 1945 y, antes de que cumpliera un mes, Estados Unidos arrojó bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y cientos de miles de personas murieron calcinadas.
Nuestros padres o abuelos, en Japón, China, Birmania, Rusia, Polonia, Alemania, Italia, Francia, Inglaterra y, casi en cualquier país del mundo, vivieron tiempos muy duros. Murieron 400,000 jóvenes estadounidenses. No debemos desvalorizar la resiliencia de los sobrevivientes de aquellos tiempos duros, comparando nuestros modestos retos con el infierno que ellos vivieron y del cual resurgieron para recrear el nuevo mundo que heredamos.
Una de las características de la vida es nuestra capacidad de adaptarnos y sobrevivir, una capacidad conocida como resiliencia. Me gusta pensar que la meditación no sólo nos proporciona ecuanimidad y desapego, también aumenta nuestra capacidad de resiliencia adaptativa. Nos prepara para reconocer y aceptar la impermanencia de cada situación y de nuestra autoimagen, que es en sí una quimera en constante transformación. También nos prepara para involucrarnos en el momento, para vivirlo vigilantes y resolver los problemas con atención plena. La meditación nos prepara para resolver los mismos problemas una y otra vez, conforme aparezcan en situaciones nuevas y avancen hacia nosotros desde distintos ángulos. Practicar Vipassana nos prepara para reexaminar el mundo y a nosotros mismos con una mirada fresca, con una disciplina repetidamente activada, momento a momento.
Hoy existe el campo de la psicología positiva, sobre la que podemos leer en cientos de libros y artículos, una psicología que no pretende encontrar una patología y curarla, como sucedía con la teoría freudiana, sino crear sobre todo una vida positiva y óptima. El curso más concurrido, el más popular que se ha enseñado en la Universidad de Yale, ha sido el que imparte la psicóloga Laurie Santos, “Psicología y buena vida”. Más de la mitad de los estudiantes de la universidad se matricularon en este curso, que debió transmitirse por video debido a la falta de espacio en las aulas. Aunque me siento un poco avergonzado de ello, no deja de producirme cierta satisfacción y complacencia percatarme de cuánto de esta psicología positiva ya existía hace 2,500 años en las enseñanzas del Buddha. Veamos algo de lo que él decía y que hoy se anuncia con fanfarrias como un descubrimiento importante de la psicología positiva.
Supongo que todos conocemos la frase del Canon Pali que afirma que la importancia de la amistad en el Sendero es tal que constituye la mitad de la práctica. Según el Buddha, la amistad en el Sendero es todo el Sendero. Nada es más importante. Esto no significa que la amistad sustituya a la meditación, sino que, para alguien que sigue el Sendero tan plenamente como puede, acompañado de alguien que ya está recorriendo el Sendero tan plenamente como puede, la amistad representa para ambos un catalizador que les permite alcanzar el máximo progreso en el Sendero. El Sendero del Buddha hace énfasis en la comunidad, representada por la sangha de los bhikkhus. Es una obviedad de la psicología moderna que la red social es el más poderoso promotor de la resiliencia durante periodos traumáticos o de crisis. Y no tenemos que ser buddhistas para comprender el importante principio psicológico de la amistad en el Sendero.
Pero, ¡un momento! el Buddha también elogiaba la soledad. Parecería una contradicción leer el consejo de nuestro gran y legendario maestro y encontrar que elogiaba tanto la amistad como la soledad. Estudiosos de la lengua y la cultura en el Canon Pali han encontrado que el lenguaje y las referencias revelan que fue compuesto en el transcurso de cientos de años. Uno de los primeros textos del Canon Pali se tradujo al inglés como el Sutra del Rinoceronte. Aquí, el Buddha advierte que “… al ver las desventajas de los atractivos sociales, una persona sabia, que valora la libertad, vagará sola como un rinoceronte”.
En esta enseñanza, como ocurría casi siempre, el Buddha creó un Camino Medio con alas a ambos lados. Un meditador valora tanto la amistad como la soledad, cada una en diferente momento y de distinta manera.
La amistad en el Sendero es un apoyo decisivo, aunque también nos puede entusiasmar a seguir las ideas de alguien en vez de nuestra propia experiencia de meditación. En el discurso que dio Bob Dylan al recibir el Premio Nobel, afirmó que actuar frente a una audiencia de 50 personas le resultaba más difícil que hacerlo frente a una audiencia de 50,000, porque 50 personas siguen siendo individuos, pero 50,000 constituyen una masa informe.
La vida de un meditador, por definición, tiene como centro la soledad. Cuando meditamos, estamos solos. El profundo autoconocimiento, los diversos puntos de vista desde los que observamos nuestra historia personal y nuestros rasgos personales mientras meditamos, es único. Parte del poder de la meditación es ese viaje hacia la complejidad de lo que llamamos nuestro yo. Y a través de este viaje de soledad y de consiguiente autoconocimiento, también logramos la capacidad de hacer amistades que son igualmente multifacéticas y enriquecedoras.
Otra característica de la psicología positiva, que ya aparecía en el Canon Pali, es la importancia de caminar al aire libre. La enseñanza original asociada con el nombre del Buddha describe constantemente que las personas que practicaban el Dhamma vivían en el exterior, en entornos rurales y semirrurales. Probablemente, la razón principal de que la sangha de bhikkhus estuviera formada por personas que pedían comida tenía el propósito de crear una atmósfera de practicantes serios del Dhamma que no estaban atados a posesiones terrenales. Ciertamente no es una coincidencia que, en las leyendas del Canon Pali, la vida de un bhikkhu incluyera caminar todos los días por campos y bosques, pues los primeros asentamientos de la civilización india estaban inmersos en un mundo preindustrial verde y exuberante, donde tenían encuentros recurrentes con elefantes, rinocerontes, cobras y una amplia gama de vida silvestre y plantas tropicales. Tenían que caminar porque era la única manera de conseguir comida. Resulta irónico observar que, en la tradición antigua, estos santos vagabundos mantenían una sana distancia al caminar en una fila y recibían la comida con los brazos extendidos. Quizá ya había una elección natural por normas de salud que incluían no tener contacto físico y mantener la sana distancia. Podríamos preguntarnos si estas conductas de distanciamiento físico que hemos practicado estas semanas serían el ideal de la conducta habitual del Dhamma. Pero recordemos que caminar era, de hecho, parte de las recomendaciones del Buddha. Como dijera Walt Whitman, con plena conciencia de que caminar al aire libre es una metáfora para la psicología de la sabiduría.
A pie y de buen humor tomo el camino abierto, saludable, libre, el mundo ante mí; ante mí la extendida senda parda que conduce a dondequiera que yo elija.
No pido aquí una mejor fortuna, soy yo mismo la buena fortuna […]
Puse fin a lamentos puerta adentro […] Fuerte y contento viajo por el camino abierto.
Deberíamos tratar de caminar al aire libre todos los días, guardando la distancia con los demás, incluso en la ciudad, si no tenemos acceso al campo.
Cuando se trata de vivir bien y sobrellevar las dificultades, el rasgo que nos da la mayor resiliencia es el altruismo. La psicología moderna nos enseña que las personas altruistas son más felices y superan mejor las dificultades que aquellas que sólo piensan en sí mismas. Es fantástico ver reafirmadas por psicólogos de los siglos XX y XXI las actitudes recomendadas por el Buddha y sus enseñanzas, karuna, compasión y mettā, amor compasivo, sobre la generosidad de espíritu, aunque ellos imaginan que las han descubierto. El Dhamma nos prepara para ser servidores, donadores, amigos y sobrevivientes altruistas. En estos tiempos de confinamiento y aislamiento relativos, necesitamos que nuestro altruismo brille. El principio de Goenkaji era el aforismo de que quien medita, pero no sirve, no comprende el Dhamma. Por lo tanto, mientras meditamos solos en nuestra casa, refugio o rincón favorito, sin poder siquiera ver a otras personas, necesitamos cumplir nuestras dos horas de meditación diaria con servicio. Tal vez nuestro servicio sea únicamente psicológico, un plan de buena voluntad para el futuro; tal vez nuestro servicio se limite al mettā que compartimos después de meditar. Pero tal vez, incluso en nuestra prisión del Covid-19, podemos recurrir a la comunicación moderna o incluso al correo postal para enviar un rayo de esperanza y afecto a alguien que se sentirá reconfortado al recibirlo. Como un grupo amigo de meditadores, conspiremos para saturar el internet de intercambios maravillosos por Skype, FaceTime, Zoom, Doxy y otros vehículos que nos permiten servir a las personas. Hoy es un buen momento para irradiar la luminosidad que tenemos en nuestro interior. Nuestra utilidad está en nuestro corazón.
Probablemente, la lección más importante que he aprendido de la psicología moderna se encuentra en el libro ´Pensar rápido, pensar despacio´, de Daniel Kahneman, profesor de Princeton y único psicólogo que ha obtenido un Premio Nobel (aunque el premio le fue otorgado en Economía, al reconocer que su visión revolucionó el campo). Kahneman afirmó que el descubrimiento más importante de la psicología moderna es el reconocimiento de que los seres humanos padecemos de confianza excesiva. Fabricamos respuestas para sentirnos seguros. Negamos la incertidumbre y la ambigüedad con el propósito de sentirnos seguros con nuestras creencias preexistentes. Manipulamos la evidencia para afirmar que creemos que sabemos y para rechazar todo aquello que nos resulta nuevo o extraño.
Los seres humanos tenemos la pretensión de estar siempre en lo correcto, de saberlo todo. La gran contribución de Kahneman fue señalar que el centro de este círculo de ignorancia, de confianza excesiva, es la clave de la fragilidad, el error y la violencia de los seres humanos. Y posiblemente Kahneman sabe de lo que habla porque él, como judío europeo, nació justo antes de la segunda guerra mundial y pasó varios años de su niñez en un gallinero, ocultándose de una creencia extendida entre los nazis, derivada de su confianza excesiva.
La psicología cognitiva de Daniel Kahneman pertenece a la gran tradición de la Ilustración europea, que intenta rectificar la ignorancia y el error con información y datos. Kahneman es un científico.
Es reconfortante saber que ya el Buddha mencionaba en sus enseñanzas la confianza excesiva, la credulidad excesiva. Él describía el Dhamma como algo que rebasa cualquier punto de vista, que renuncia a apegarse a creencias y sigue el Camino de la Sabiduría con base en la experiencia personal directa que se alcanza con la meditación. En el Dhamma, todos caminamos en el exterior en busca de experiencias personales y verdades que hemos encontrado en nosotros mismos. No somos precisamente científicos, porque la ciencia consiste en la recolección sistemática de datos lo más objetivos posibles. Pero somos empiristas, personas que recopilamos experiencias y nos atenemos a lo que éstas nos indican. Nuestro telescopio, nuestro microscopio, nuestro laboratorio es la meditación Vipassana y, al ser observadores cuidadosos, repetimos el estudio una y otra vez para intentar controlar errores y percepciones equivocadas. Es la actitud ante la experiencia personal y la voluntad de auto-rectificación lo que nos convierte en personas que trascienden los puntos de vista.
Al menos en este sentido, lo que nos enseñan la Ilustración europea y la ciencia resultan iguales a la Iluminación del Buddha y el Dhamma: llegar a hipótesis, no a conclusiones. No creer en nuestros miedos ni en nuestras fantasías; mantener la mirada en la pelota. Observar lo que es verdadero en este momento y prepararnos para revisar el guión.
Es en este momento cuando la amistad en el Sendero puede ser tan saludable, nutritiva y hasta divertida. Por lo pronto, dependemos casi por completo del teléfono, de la red, de las meditaciones virtuales en grupo, de la memoria y el pensamiento y del mettā. Las amistades que florecen en el Sendero están basadas en nuestra capacidad para observar y para deshacernos de la confianza excesiva que nos vuelve tercos, discutidores y excesivamente dueños de nosotros mismos y hace que desechemos los puntos de vista que no nos dan confianza excesiva en un mundo multifacético y en constante cambio, pleno de ambigüedades, complejidades y diferentes tonos y matices. Una manera de medir nuestros avances en el Dhamma es analizar con cuánta facilidad podemos dejar a un lado nuestra beligerante tendencia a la autoafirmación, nuestros terminantes sistemas de creencias y participar en conversaciones amistosas a pesar de las diferencias, listos para conocer nuevas posiciones, mezclando adecuadamente la convicción de la experiencia personal con la incertidumbre de los cambios en un mundo cambiante.
Debemos entender claramente que la tradición de Vipassana que nos legó Goenkaji no es simplemente estar aquí y ahora, en el momento, o practicando la atención plena como una disciplina total. Pertenecemos a una tradición que se inició con el Buddha, cuya meta es alcanzar el Nirvana. Tener alguna relación con la meta del Nirvana es esencial para un estudiante de Goenkaji. Pero el Nirvana es un concepto abstracto, difícil de comprender, no conceptual, sustentado en una secuencia de experiencias que muy pocos de nosotros alcanzaremos alguna vez. Por lo tanto, como un punto de enfoque valioso pero simplificado, podemos decir que el Sendero del Dhamma que recorremos al practicar Vipassana se dirige hacia lo positivo, evitando cualquier cosa negativa. Aunque esta vaga generalización no es una guía exacta, y es mucho menos valiosa que nuestra práctica de meditación real, al menos contiene este importante mensaje que debemos escuchar una y otra vez.
Las actitudes negativas hacia nosotros mismos, los sentimientos de culpa y desadaptación, la auto-recriminación sobre lo mal que resultó nuestra meditación, son negativas, no positivas, y no nos llevan por el Camino. En cuanto empezamos a criticarnos, nos caemos del caballo. Uno de los trucos para ser un meditador toda la vida, y caminar lentamente hacia la gran estrella del Nirvana, es evitar denigrarnos, castigarnos, compararnos desfavorablemente con otros.
Cuando sintáis temor, miedo o impotencia, no tenéis por qué ocultarlo, hay que ser honesto con uno mismo. Si la pantalla se congeló un momento, no hay que dejarse llevar por descabelladas fantasías como que se cayó internet. A pesar de nuestras continuas negatividades, los meses y años de esfuerzo en la meditación no se invalidan. Todo lo que sufrís durante ese momento tan estresante es un recordatorio de por qué hay que seguir adelante en vez de claudicar.
Queremos recordar la importancia del pensamiento correcto y volver nuestros pensamientos correctos al ángulo desde el cual podamos ver correctamente lo que estamos haciendo. Cuando os sentáis a meditar durante un minuto, en ese momento tenéis motivación para el Dhamma. Cuando mantenéis el sila durante un día, ese día tenéis cierta motivación para el Dhamma. Debemos medirnos a partir del de dónde venimos, así como hacia el a dónde vamos. En cuanto comenzáis a recorrer el Sendero estáis manifestando y ejercitando los atributos del Dhamma que seguramente pueden crecer. John Prine, cantautor estadounidense de música country, fallecido recientemente de coronavirus, dijo que “a pesar de nosotros mismos, terminaremos sentados sobre un arcoíris.”
Últimamente, algunos estudiantes antiguos han expresado cierta disconformidad con la idea de que la enseñanza de Goenkaji esté tan orientada al servicio. Cuando él llegó por primera vez a Occidente, a finales de los años 60, principios de los setenta, su énfasis buddhista en el servicio desinteresado encontró eco en los jóvenes radicales que querían cambiar el mundo y se convirtieron en sus estudiantes. Pero hoy, un pequeño grupo de estudiantes parecen desear que la meditación los convierta en personas autónomas, carentes de emociones, que nunca se sientan heridas ni tengan temor. Estos estudiantes jóvenes se preguntan por qué no pueden tomar un camino directo, en vez de dedicar tanto tiempo al servicio al Dhamma.
Goenkaji personificó la ética del servicio. La definición de riqueza es exceso, es tener más de lo que necesitamos o sentimos que queremos. La riqueza es exceso, es lo que podemos darnos el lujo de entregar y aún tener suficiente. Es este tipo de generosidad, y no una autoproclamación de logro, la meta y la medida de nuestro avance en el Sendero. Nuestro sendero distribuye su riqueza a través de la práctica de mettā, un estado emocional activamente cultivado después de practicar Vipassana, omnipresente, que se filtra en nuestra vida cada vez con mayor frecuencia conforme avanzamos en el Sendero. La práctica espontánea de mettā es lo mejor que podemos obtener y lo mejor que podemos dar en nuestra vida en el Dhamma.
La psicología moderna ha descubierto que una actitud generosa es la base de la resiliencia y la amistad. Es curioso que la psicología lo descubra ahora, porque el altruismo es la piedra angular del Dhamma, salvo por el hecho de que, de acuerdo con las enseñanzas del Buddha, el altruismo es tanto un sentimiento como una acción, no únicamente buenas acciones.
El Sendero que enseñaron el Buddha y Goenkaji considera que la meditación es la acción número uno, aunque no es la totalidad del Sendero. Necesitamos vivir y actuar de acuerdo con el fruto de nuestra meditación todo el día, todos los días. Es este estilo de vida activa, de ojos abiertos, guiado por la meditación, lo que se convierte en una vida en el Dhamma. En momentos como éste, cuando tantas personas a nuestro alrededor viven angustiadas, muchas veces comprensiblemente, es cuando conviene sacar algo de dinero de nuestra cuenta de Vipassana y donarlo a alguna acción social. Es el momento de emplear activamente nuestra mettā, ya que cumpliría dos funciones. Sin duda, nuestra mettā es en parte egoísta y debería hacernos sentir mejor, ser más amables, más generosos, preocuparnos por las víctimas del Covid-19, las víctimas del virus y las víctimas del caos social y político que ha provocado. También debería inspirarnos a realizar cualquier acto de altruismo que nuestra situación nos permita: llamar a otras personas por teléfono, FaceTime, Skype, Doxy, Zoom o cualquier otra manera en que podamos compartir nuestra ecuanimidad con alguien más. Martin Buber dijo que el valor se extiende a las masas desde aquellos que han estado en el límite y han visto cara a cara la realidad.
Una hermosa metáfora para mettā se encuentra en un poema de Robert Frost, que me señaló uno de mis maestros del Dhamma hace muchos años. Goenkaji subrayó que el Sendero no es para personas que buscan la salvación de manera egoísta sino para aquellos que comprenden que, al servirnos a nosotros, necesitamos servir a los otros y que, servir a los demás, es la mejor manera de servirnos. Robert Frost nos recordó que un delgado hilo de apego permanece en las personas más maravillosas. Escribió un poema llamado “El hilo de seda” sobre una persona a la que admiraba. La describe como una tienda de campaña a la que un día soleado de verano secó todas las cuerdas que la sostenían. Ella se sostiene, no por una cuerda tensada, sino porque está
atada ligeramente por innumerables y sedosos lazos de amor y pensamiento
de cada componente de la tierra que le rodea […]

Tras la muerte de Goenkaji, en 2013, todos nos preguntamos cuánto obtuvimos de él o de sus enseñanzas, incluso si no lo conocimos personalmente. Nos colocó en una perspectiva mucho más amplia que nuestra propia vida. Fue el embudo a través del que Vipassana se vertió en nosotros. Nos dio innumerables regalos de su vasta riqueza del Dhamma, aunque, personalmente, lo más importante fueron estas tres palabras: “¡Comenzad de nuevo!”. Cuando meditamos en tiempos difíciles, a menudo nos sentimos derrotados o que hemos retrocedido muchos años, hasta antes de comenzar a meditar. “¡Comenzad de nuevo!” no se aplica únicamente al curso de diez días. Se refiere a cada situación, a cada día. Hoy es el momento de comenzar de nuevo. Cuando las personas pierden esta beneficiosa y perdurable práctica de Vipassana, es porque se han olvidado de estas tres palabras: “¡Comenzad de nuevo!”.
La meditación está enraizada en la realidad y la experiencia, aunque también contiene un elemento de fe. Y por fe me refiero a algo totalmente diferente a ser crédulo o ingenuo, alguien que acepta la veracidad de la fantasía o la inexactitud. La fe de Vipassana es la fe de comenzar de nuevo. La meditación es un acto de fe en el valor de la vida, día a día. No es fácil. El mundo no nos apoya. El mundo es un reto permanente que nos presenta dificultades. Para tener la fe de comenzar de nuevo necesitamos comprender “ésta es mi vida; ésta es la época en la que nací. Éstos son los retos que moldearán la manera en que yo aprenda a responder. Mi práctica de Vipassana tiene que ser tan buena como para hacer frente exactamente a estos retos.”
Todo se desvanece, pero no queremos morir después de una vida sin sentido. Vipassana nos forja una vida en la que cada momento estamos escalando la cara de una roca, como Alex Honnold, un gran escalador en estilo solitario libre. Una vez que nos establecemos en la meditación, reconocemos que el valor más fuerte de la práctica es que nunca podemos dejarla. Hemos aprendido a escalar contra las fuerzas de la duda, el temor, la autocrítica, la soledad y el agrupacionismo. Y hemos llegado demasiado alto para desperdiciar todo el esfuerzo anterior y abandonarlo todo ahora. Busquemos cómo dar el siguiente paso para seguir ascendiendo y comencemos de nuevo.
Síntesis
Además de seguir las líneas de protección que se nos indican, hemos comentado las siguientes acciones específicas de Vipassana para meditar en tiempos difíciles.
• La rutina de meditar dos veces al día con la base de “anicca con ecuanimidad”.
• No exagerar el sentido único de peligro de la pandemia.
• Reconocer que el sufrimiento es generalizado, omnipresente y un catalizador para el Sendero.
• La enseñanza principal del Buddha es: “Esto es el sufrimiento, y éste es el Sendero para salir del sufrimiento”.
• Ver la pandemia como el “equipo contrario” que nos permitirá mejorar nuestra práctica de Vipassana.
• Considerar la pandemia desde varios puntos de vista, incluyendo sus peligros y mortalidad, su proporción histórica, costos sociales y beneficios inesperados.
• Reconocer el papel del “ego” o la “auto-referencia exagerada”.
• El papel de la amistad en el Sendero, la importancia psicológica de nuestra red social, manteniéndola viva y aprovechando las meditaciones en grupo virtuales.
• Caminar al aire libre era una de las prácticas del buddhismo primigenio y sigue siendo importante.
• Evitar la negatividad con respecto a nosotros mismos: sin culpas, sin autocríticas sobre la calidad de nuestra meditación.
• La importancia del “servicio” o la acción altruista.
• La importancia de mettā, o sentimientos de amor compasivo hacia los amigos, los conocidos y los millones de seres desconocidos.
• Tener fe en el valor de cada hora de meditación, cada día, la intención de una vida siempre ascendente enfocada en el Dhamma.
• Convertir el Nirvana en realidad al fijarnos metas altas.
• La gratitud es nuestra relativa seguridad y garantía de buena vida en un mundo lleno de problemas; recordar siempre que esto es lo que hemos practicado. • ¡Comenzad de nuevo!
Es cierto que a veces nos rodea la oscuridad y por ello siempre debemos buscar activamente la luz. También es cierto que a veces estamos confundidos, por lo que debemos tomar un camino que nos lleve en la dirección correcta. Es cierto que cada ser humano se siente solo y por ello el Dhamma es también un Sendero de amistad. Es cierto que nuestro temperamento se altera, que nos sentimos enojados o debilitados por las dudas. Por eso buscamos el Sendero de la purificación, la positividad, la bondad de corazón.
La meditación es la herramienta que puede colocar nuestra mano bajo la luz, en el Sendero, la amistad y el corazón.

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